Mayo/Junio 2012
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La misión de Caridad

Por Lynn Monahan, Fotos de Sean Sprague

Mei-Hua Yang, la directora del Centro de Oportunidad Santa Teresa en Yuching, Taiwán, le da la bienvenida al Padre de Maryknoll Brendan O'Connell, quien fundó el centro para niños y adultos con incapacidades hace 22 años.

Alegre y amistosa, Yang, cuyo nombre de bautismo es Caridad, lleva al sacerdote y a unos visitantes a una sala de recepción donde describe los diferentes programas del centro. Estos incluyen intervención temprana para identificar a bebés e infantes con problemas de desarrollo y programas de entrenamiento para adultos incapacitados hasta los 40 años de edad.

Sin que él lo note, Yang, de 44 años de edad, alaba al sacerdote. "Sin duda él ha jugado un rol importante en la educación especial en Taiwán," dice. "Comenzó un centro de intervención temprana en la ciudad de Tainan y eso fue el inicio de la educación especial en Taiwán."

Santa Teresa fue el primer centro para personas con necesidades especiales, sin importar su edad, en Taiwán, y O'Connell trajo esa filosofía de inclusión de Estados Unidos, dice Yang. O'Connell, quien ya no forma parte de las operaciones cotidianas del centro, pero aún sirve como asesor, deja que Yang muestre el edificio donde las personas incapacitadas están asistiendo a clases o talleres o haciendo otras tareas.

Yang ahora realiza el trabajo que antes hacían misioneros extranjeros en Santa Teresa. Su misión es educar y ayudar a personas con incapacidades para que alcancen su mayor potencial.

Para O'Connell, de 74 años de edad, Yang es un ejemplo perfecto de profesionales locales a quienes los misioneros de Maryknoll deben pasar la batuta cuando entreguen a la Iglesia local los ministerios que antes establecieron. O'Connell, cuyo interés en la educación especial surgió hace unos 60 años cuando su hermana Helen nació con el síndrome de Down, ahora pasa la mayor parte de su tiempo involucrado con la Fundación Belén, una escuela para niños con incapacidades y sin ellas, a unos 45 minutos del Centro Santa Teresa.

"Caridad es una persona trabajadora, y muy dedicada a su trabajo, especialmente con los niños severamente incapacitados", dice el Padre O'Connell.

Después de estudiar literatura en una universidad de Taiwán, Yang comenzó en 1991 a trabajar en el centro como secretaria de la Hermana de la Providencia Joan McCarthy, quien fue la primera directora del centro. Dos años después, Yang fue a Cardenal Stritch College en Milwaukee para obtener una maestría en educación especial con beca de la universidad y del centro, con la condición de regresar.

"Sabía que tenía un trabajo aquí y sabía que eso era lo que quería hacer", dice sonriendo. Ella regresó, enseñó en el centro y en el 2003 tomó el puesto, siendo la primera laica que dirige un centro diocesano.

Yang dice que la filosofía del centro es trabajar de cerca con las familias para ayudarlas a apreciar a sus niños con necesidades especiales. "Tratamos de ayudar al niño a ser parte de la rutina de la familia", dice, y da como ejemplo algo tan simple como sentarse a la mesa.

Desde los 3 años, los niños con necesidades especiales pueden ir a la preescolar de Santa Teresa y recibir terapia. Dos tercios del estudiantado no realiza pagos en el centro, que recibe la mitad de sus fondos del gobierno taiwanés. La mayor parte del resto son donaciones, dice Yang.

Los padres a menudo le dicen a Yang que no sabrían qué hacer si no fuera por la asistencia del centro, que tiene 70 niños y 54 adultos. Cada año, un promedio de cuatro adultos del centro obtienen trabajos afuera y ocho niños son puestos en escuelas regulares.

"Antes los padres con niños especiales pensaban que habían hecho algo mal en su vida anterior", dice Yang, añadiendo que todavía hay padres que se sienten culpables de tener hijos así y creen que es un castigo.

Yang fue criada budista y taoísta y bautizada en la fe católica por O'Connell en 1994. "Me quedé muy impresionada con el trabajo de las Hermanas aquí, y muchas de mis amistades son católicas, eso hizo un gran impacto", explica y añade que estudió en universidades católicas.

Su conversión no fue bien aceptada en su familia, especialmente por su padre. "Soy la única católica en la familia", dice.

Parte del problema, dice, es que mi familia temía que yo no iba a seguir las tradiciones de respeto a los antepasados. "En nuestra cultura, no respetar a nuestros antepasados es un gran pecado", dice. Ella no ve contradicción entre esa práctica y la doctrina católica. Explica que en su parroquia el sacerdote enciende incienso y presenta respetos a los antepasados de los feligreses antes de la Misa. En Taiwán, es común que en las iglesias católicas haya pequeños santuarios para los ancestros.

Yang pudo llegar a un entendimiento con su padre cuando él moría. Él aceptó un rosario que ella le dio y le pidió que rezara por él. "Aún recuerdo a mi papá y lo tengo presente en mis oraciones; sé que aún me quiere", dice.

Convertirse al catolicismo y su asociación con las Hermanas de la Providencia inspiraron a Yang a ser monja. No lo hizo, pero incorporó una profunda espiritualidad en su vida y su trabajo. Como las Hermanas ya no trabajan en el centro, Yang vive sola en la residencia con su perrito, que también era incapacitado antes de recuperarse en el centro.

"Trato de ver lo que Dios quiere que haga aquí", dice Yang. "Trato de enfocarme y oírlo. Creo sinceramente que aunque las Hermanas no están aquí su espiritualidad sí está".

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