Revista
Aguas hirviendo
Por Joseph Fedora, M.M., Fotos de Sean Sprague
El ganado moría y nadie sabía porqué. No era el frío o la altitud; la alpaca es nativa de los Andes y las ovejas se adaptan bien, aún a 15,000 pies sobre el nivel del mar. Los pastores de Condoraque, Perú, sospechaban que algo tenía que ver la mina de tungsteno unas millas río arriba.
Simón Orihuela y Moisés Tipula, líderes de la comunidad, viajaron 120 millas a Puno, la capital de la provincia, para presentar una queja. Fueron armados con pruebas condenatorias de contaminación mortal. El agua del río Condoraque, medida por los instrumentos digitales de la mina y atestiguado por un juez local, tenía un nivel pH de 3.25. El agua pura o destilada tiene un pH de 7; cualquier cantidad menor es acídica. El agua en el río Condoraque era tan ácida que mataba a todo dentro del río y por los alrededores.
Los pastores fueron a las oficinas del gobierno y al departamento de salud, pero nada pasó. Así que decidieron hacerle una visita a la Oficina de Derechos Humanos y del Medio Ambiente, una oficina no gubernamental en Puno.
"Nadie le presta atención a los indígenas," dice la Hermana de Maryknoll Patricia Ryan, moderadora y vicepresidenta de la oficina de derechos humanos, quien ha servido en Perú desde 1971, defendiendo los derechos de los indígenas.
La misionera de Levittown, New York, decidió investigar el asunto con otros miembros del equipo: Trinidad Carlos y Cristóbal Yugra, ambos abogados de derechos humanos, y Pedro Camacho, agrónomo y educador.
Después de un agotador viaje de seis horas, el equipo pasó el resto del día oyendo los testimonios de los habitantes de la aldea y los estratagemas de los representantes de la mina.
"Los campesinos demandaban que la compañía, Minera Sillustani S.A., cumpliera su promesa de limpiar el área", dice Carlos. "Y la compañía explicó porqué no había podido hacerlo".
Tres años atrás, Minera Sillustani compró la mina y estuvo de acuerdo con una una costosa estipulación del gobierno de limpiar la suciedad que los dueños anteriores dejaron, unas 800 toneladas de escombros contaminados, y fabricar un sistema de reciclaje de agua y de contención del agua para prevenir la recontaminación. Hasta que esto no ocurriera no podrían reabrir la mina.
"Los representantes de la mina dijeron que no podían comenzar la limpieza hasta que el estudio de impacto ambiental (de la limpieza) fuera presentado y aprobado por las comunidades locales", dice Carlos. "Pero era sólo un pretexto; la aprobación no es necesaria [para comenzar la limpieza]. Ellos están tratando de ganar tiempo".
La aprobación de la gente del pueblo es necesaria antes que se otorguen las concesiones mineras. "El gobierno no respeta la opinión del pueblo, ni
tampoco buscan sus opiniones", dice Ryan. "Por ley, cualquier comunidad que va a ser afectada por una concesión minera debe ser consultada y dar su aprobación".
Después de enfrentar una serie de obstáculos e indiferencia, Ryan y el equipo decidieron hacer pública la demanda. En agosto del 2009, el caso fue enviado a la Oficina de Asuntos Globales de Maryknoll en Washington, D.C., la cual a su vez lo envió a las Naciones Unidas. El caso de Condoraque será presentado en mayo a las Naciones Unidas. También invitaron a la prensa nacional e internacional, incluyendo a la revista Maryknoll, para que observen lo que ocurre.
Por ese motivo, fui recientemente a Condoraque y casi sin aire entrevisté a pastores y representantes de las minas para escribir este artículo. Fue claro durante el viaje que no necesitaba un medidor de pH para saber que pasaba algo en el río Condoraque, mis ojos fueron suficiente. La devastación causada por desechos tóxicos es dramática y colorida, especialmente donde el inmaculado río Toco Toco se encuentra con el muerto río Condoraque convirtiéndose en el contaminado río Quilcani. Las rocas que recubren el lecho del río Condoraque son de un color rojo naranja y las rocas del Toco Toco son de color blanco.
Después de la reunión de vecinos, fuimos en una visita a la mina. Mientras más nos acercamos a la mina más roja el agua del río. Lo seguimos hasta su fuente de origen: la laguna Choquene. Con un pH nivel de 3.10, la laguna es un cuerpo muerto de agua con islas salpicadas de matorrales negros. Según el representante de la comunidad ante la mina, Arturo Lira Zamora, el área es el octavo lugar más contaminado en Perú.
Lira nos da la bienvenida y nos escolta a una habitación. Se une al grupo el ingeniero jefe de operaciones Edward Flores quien repite dos veces que la contaminación es un fenómeno natural.
"El agua pasa a través de montañas llenas de minerales y lava metales en la laguna y el río", explica.
Cuando se le pregunta si sugiere que la mina no tiene nada que ver con la contaminación, es Lira el que responde: "En nada. El sector minero es, desde luego, responsable en parte por el daño, pero deben saber que toda actividad minera ha parado por ahora", dice Lira. "Todo lo que estamos haciendo es mantener la planta y la carretera que va a la mina".
A la orilla del río está Simón Orihuela, el presidente de Condoraque. "Antes había muchas truchas en el río", dice Orihuela señalando a las aguas color marrón del río. "Hoy en día ni una; hasta el alga con que los peces se alimentaban ha desaparecido".
Nadie sabe con seguridad cómo la salud de la comunidad ha sido afectada debido a la contaminación; pero sin duda, si esto no es investigado muchos morirán. "Cuando una persona come algo contaminado", dice Ryan, "los metales se acumulan en el organismo y con el tiempo causa un daño tremendo".
Juan Rodríguez, un ranchero, expresa su frustración y esperanza. "El alcalde viene, y nada; el juez viene, y nada; representantes del gobierno vienen,
y ¡nada!" dice. "Pero quizás haciendo todo público, alguien al fin nos prestará atención... Por años esta agua irrigó nuestra tierra; ahora quema. ¿Cómo vamos a sobrevivir?"
Esa es una pregunta frecuentemente repetida en las reuniones municipales donde testigo tras testigo da testimonio explícito de la devastación ocasionada por las aguas contaminadas del Condoraque. Una mujer trae una cabrita y enseña su piel expuesta. El ácido del agua del río prácticamente le ha quemado la lana. Otra mujer, Cristina Zapata, se quita las sandalias y enseña sus pies de color rojo. "Queman", dice. Pilas de cuero y fetos abortados secos—todos proveniente de ganado contaminado, dice la gente—están en exhibición.
"Nosotros comemos estos animales", dice Ubaldo Leyme, un hombre de 30 años de edad. "Si nuestro ganado está contaminado, nosotros también debemos estar contaminados".
Durante la visita a la mina, Moisés Tipula, vicepresidente de Condoraque dice: "Cuando era niño todo esto era verde. Pastábamos nuestro ganado aquí y pescábamos en la laguna. Ya no más; esos días se acabaron".
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