Cuentos Misioneros
Cuentos Misioneros, Mayo/Junio 2010
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Cuentos Misioneros por Mayo/Junio 2010
Muchos de mis años en Corea fueron dedicados al ministerio con personas con la enfermedad de Hansen, más conocida como lepra. Durante ocho años viví con ellos en una aldea de agricultores en un terreno que antes fue un cementerio y que les habían prestado, ya que la mayoría de ellos eran mendigos que vivían bajo los puentes. Una de las mujeres, María, se volvió una gran amiga mía. Ella tenía unos 50 años y se había casado con un hombre quien también tenía la enfermedad—se habían casado a través de un matrimonio arreglado, como era la costumbre años atrás, antes que la enfermedad los convirtiera en unos parias. A pesar de tener una mano dañada y las otras extremidades entumecidas por la enfermedad, ella cosechaba arroz y vegetales y criaba cerdos y gallinas para su alimento y algunos ingresos. Sus ojos también estaban afectados, pero Dios le dio la capacidad de ver claramente el bien en otros. Conocer y responder a las necesidades de esta comunidad era difícil por mi dificultad de comunicarme en coreano. María, quien era la líder de las mujeres, me ayudó con paciencia y gentileza. "Venga, Hermana, yo la voy a ayudar". Con ella pude volverme una más en la comunidad y aprendí mucho más de lo que imaginé de esta mujer llena de fe. A pesar de sus muchas aflicciones, María tomó mi mano y tocó mi corazón con esa fortaleza con la que Dios la bendijo. Hasta hoy, doy gracias por su fe, coraje y, como no, por su toque sanador.
Alice Cardillo, M.M.
Para alguien que está aprendiendo un nuevo idioma puede haber momentos embarazosos. Después de algún tiempo de estudiar el idioma cebuano en Filipinas un joven sacerdote misionero cometió un gran y vergonzoso error. Al abrir su homilía quiso decir en cebuano "Mis queridos amigos". En vez de eso dijo: "¡Mis queridas ratas!"
Thomas J. Marti, M.M.
Como sacerdote diocesano en Albany, New York, también sirvo algunos meses al año en Guatemala. Una vez, tres mujeres que eran residentes médicos en Estados Unidos me acompañaron a una Misa en uno de los pueblitos en las montañas de Guatemala. Aunque una de ellas, Arlene, usaba una silla de ruedas, creí que no habría problemas pues la iglesia estaba a unos 20 minutos en carro. Pero cuando llegamos a la iglesia, supimos que la Misa se celebraría en una casa a un poco más de media milla de distancia—a pie al fondo de un camino rocoso y empinado. Era claro que la silla de ruedas de Arlene no iba a poder hacer el viaje. Como los hombres de estas comunidades rurales cargan a sus enfermos en la espalda, me agaché y le pedí a Arlene que se subiera a la mía. ¡Temía que se me iban a doblar las rodillas! Pero fui capaz de bajar paso a paso. Celebramos una Misa festiva con 75 indígenas maya. Después, el temido regreso. Pero esta vez, un hombre maya dijo: "Padre, póngala en mi espalda".
Padre Rich Broderick