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Revista
Por Mary Ellen Manz, M.M.
Misión rodeada de océano Después de 60 años, las Hermanas de Maryknoll dejan su ministerio educativo en las Islas Marshall. En las misionesÑ Islas Marshall
“No tenían dónde ir así que por supuesto los aceptamos”, dice la misionera quien era la profesora de primer año de la escuela. Enseñar como lo hizo Jesús—sin discriminación—siempre fue el objetivo de las Hermanas de Maryknoll en su ministerio en las Islas Marshall. Ahora, después de 60 años, ellas dejan ese ministerio educativo en las manos capaces del pueblo local. En su despedida, St. Aubin mira hacia atrás con cariño a las seis décadas que pasó en este paraíso del Pacífico, el cual es como en un hogar para ella, más que su nativo Appleton, Wisconsin. Ella todavía puede ver a esos empeñosos estudiantes, como Jackson, quien no podía sostener un lápiz en sus paralizadas manos. “Yo le enseñé a poner el lápiz entre sus dedos de un pie y a sostener el papel con el otro pie”, dice St. Aubin, sonriendo mientra St. Aubin, una de las tres Hermanas de Maryknoll que iniciaron la misión de la congregación en las Islas Marshall en 1950, recuerda el día que llegaron a Likiep, 150 millas al norte de Majuro. “Había agua por todos lados”, dice. A estas islas del Pacífico sobre la línea ecuatorial entre Hawai y Australia, a lo largo de 180,000 millas cuadradas de océano, y una superficie de sólo 70 millas cuadradas, sólo se podía llegar en bote hasta la década de 1980. “Nunca me acostumbré a viajar en bote porque me mareaba”, dice sonriendo. Para complicar las cosas, las Hermanas no hablaban el marshalés, un idioma oral que no puede ser estudiado de un libro. Intrépidamente, ellas empezaron a enseñar en la escuela primaria, llamada Santo Rosario, debido a la devoción en la que los marshaleses confiaron cuando no tuvieron sacerdotes durante la Segunda Guerra Mundial. El ejército japonés había expulsado a misioneros alemanes del Sagrado Corazón, quienes habían servido en la isla desde el siglo XIX. Después de la guerra, las Naciones Unidas nombró a la red de atolones e islas del Pacífico un territorio fiduciario de Estados Unidos. En 1948, los jesuitas de la Provincia de New York llegaron a servir en las islas, seguidos de las Hermanas de Maryknoll, dos años después.
Las Hermanas administraron la escuela Santo Rosario en Likiep hasta 1959, cuando entregaron la escuela al pueblo y se mudaron a Majuro. Allí, ellas abrieron la Escuela de la Asunción. Hoy, es la única escuela acreditada para la enseñanza escolar desde el kindergarten hasta el grado 12 en las Islas Marshall. Además de enseñar a los niños, las Hermanas entrenaron a profesores marshaleses, la mayoría de los cuales ni siquiera tenían un diploma de escuela secundaria cuando empezaron. “Nosotras sólo reclutábamos profesores que tenían un deseo real de enseñar”, dice St. Aubin “lo esencial de un buen profesor no es que tenga título universitario, sino motivación y dedicación”. Durante los años, personas de las otras islas llegaban a Majuro para las clases de verano organizadas por las Hermanas y sacerdotes jesuitas y así obtener su diploma equivalente de escuela secundaria. Muchos de los marshaleses también obtuvieron "Aunque los padres marshaleses son muy pobres, ellos hacen sacrificios para enviar a sus hijos a la escuela y casi todos permanecen en la escuela primaria y tratan de ir a la escuela secundaria y a la universidad”, dice St. Aubin, explicando porqué la educa ción es un ministerio tan importante en las islas. Al haber influido en generaciones de marshaleses en tres escuelas parroquiales que ellas Es difícil imaginar vivir en un lugar donde el suelo es sólo arena y coral, donde la única comida que la mayoría de la gente come es pescado y copra—la pulpa seca del coco—y donde incluso en la isla más grande, se ve mar por todos lados. Sin embargo, fue en estas circunstancias de aislamiento extremo que las Hermanas de Maryknoll aceptaron el reto de ir, literalmente, a los confines del mundo para llevar el mensaje del amor de Dios al pueblo. Cuando el nuevo año escolar se inicie este año, será la primera vez en 60 años que las Hermanas de Maryknoll no estén enseñando y entrenando profesores en las Islas Marshall. Pero no es el fin de una misión, dice la Hermana Rose Patrick St. Aubin, es el pasar la posta de una misión. Para las Hermanas de Maryknoll eso es misión cumplida. Lea más sobre las Hermanas de Maryknoll. | |||||||
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