Enero/Febrero 2012
Recibe Revista Maryknoll o entregala como un regalo especial
Magazine

Revista
Misión rodeada de océano
Después de 60 años, las Hermanas de Maryknoll dejan su ministerio educativo en las Islas Marshall.
Por Mary Ellen Manz, M.M.

En las misionesÑ Islas Marshall

Los 50 niños de primer grado estaban muy ocupados tratando de copiar los extraños trazos que la Hermana de Maryknoll Rose Patrick St. Aubin les aseguró eran sus nombres. Diez de ellos eran víctimas de la epidemia de polio que atacó a las Islas Marshall en la década del sesenta; dos de ellos estaban sentados en sillas de ruedas. La escuela pública de Majuro, la capital y la más grande de las islas que forman el país, había rehusado admitirlos y cuando a St. Aubin le pidieron que los aceptara en la Escuela de la Asunción, ella con gusto hizo lugar para ellos.

“No tenían dónde ir así que por supuesto los aceptamos”, dice la misionera quien era la profesora de primer año de la escuela.

Enseñar como lo hizo Jesús—sin discriminación—siempre fue el objetivo de las Hermanas de Maryknoll en su ministerio en las Islas Marshall. Ahora, después de 60 años, ellas dejan ese ministerio educativo en las manos capaces del pueblo local.

En su despedida, St. Aubin mira hacia atrás con cariño a las seis décadas que pasó en este paraíso del Pacífico, el cual es como en un hogar para ella, más que su nativo Appleton, Wisconsin. Ella todavía puede ver a esos empeñosos estudiantes, como Jackson, quien no podía sostener un lápiz en sus paralizadas manos. “Yo le enseñé a poner el lápiz entre sus dedos de un pie y a sostener el papel con el otro pie”, dice St. Aubin, sonriendo mientras recuerda que tras días de esfuerzo Jackson escribió su nombre ante el aplauso de su profesora y compañeros de clase. El niño continuó mejorando hasta que al terminar la secundaria consiguió trabajo como operador de radio en el Departamento de Educación de las Islas Marshall, donde la comunicación se hace mayormente por radio de dos vías.

St. Aubin, una de las tres Hermanas de Maryknoll que iniciaron la misión de la congregación en las Islas Marshall en 1950, recuerda el día que llegaron a Likiep, 150 millas al norte de Majuro. “Había agua por todos lados”, dice.

A estas islas del Pacífico sobre la línea ecuatorial entre Hawai y Australia, a lo largo de 180,000 millas cuadradas de océano, y una superficie de sólo 70 millas cuadradas, sólo se podía llegar en bote hasta la década de 1980. “Nunca me acostumbré a viajar en bote porque me mareaba”, dice sonriendo.

Para complicar las cosas, las Hermanas no hablaban el marshalés, un idioma oral que no puede ser estudiado de un libro. Intrépidamente, ellas empezaron a enseñar en la escuela primaria, llamada Santo Rosario, debido a la devoción en la que los marshaleses confiaron cuando no tuvieron sacerdotes durante la Segunda Guerra Mundial. El ejército japonés había expulsado a misioneros alemanes del Sagrado Corazón, quienes habían servido en la isla desde el siglo XIX. Después de la guerra, las Naciones Unidas nombró a la red de atolones e islas del Pacífico un territorio fiduciario de Estados Unidos. En 1948, los jesuitas de la Provincia de New York llegaron a servir en las islas, seguidos de las Hermanas de Maryknoll, dos años después.

“Tuvimos que usar gestos y señas”, dice St. Aubin, recordando esos primeros días, “hasta que poco a poco aprendimos el idioma de nuestros estudiantes y ellos aprendieron inglés de nosotras”.

Las Hermanas administraron la escuela Santo Rosario en Likiep hasta 1959, cuando entregaron la escuela al pueblo y se mudaron a Majuro. Allí, ellas abrieron la Escuela de la Asunción. Hoy, es la única escuela acreditada para la enseñanza escolar desde el kindergarten hasta el grado 12 en las Islas Marshall.

Además de enseñar a los niños, las Hermanas entrenaron a profesores marshaleses, la mayoría de los cuales ni siquiera tenían un diploma de escuela secundaria cuando empezaron.

“Nosotras sólo reclutábamos profesores que tenían un deseo real de enseñar”, dice St. Aubin “lo esencial de un buen profesor no es que tenga título universitario, sino motivación y dedicación”. Durante los años, personas de las otras islas llegaban a Majuro para las clases de verano organizadas por las Hermanas y sacerdotes jesuitas y así obtener su diploma equivalente de escuela secundaria. Muchos de los marshaleses también obtuvieron
grados universitarios. Había épocas en que 60 hombres y mujeres de las otras islas estaban en entrenamiento, no sólo escolar, sino también para ser líderes de oración y catequistas para las parroquias. Como más Hermanas de Maryknoll llegaron, ellas establecieron otras pequeñas escuelas en las otras islas, en las que permanecían uno o dos meses mientras ofrecían entrenamiento en profesorado.

"Aunque los padres marshaleses son muy pobres, ellos hacen sacrificios para enviar a sus hijos a la escuela y casi todos permanecen en la escuela primaria y tratan de ir a la escuela secundaria y a la universidad”, dice St. Aubin, explicando porqué la educa ción es un ministerio tan importante en las islas.

Al haber influido en generaciones de marshaleses en tres escuelas parroquiales que ellas administraron y cuatro escuelas públicas que ellas supervisaron, las Hermanas de Maryknoll se sienten orgullosas de los logros de sus estudiantes. Alfred Capelle es uno de ellos. “La Hermana Rose Patrick me enseñó en el primer grado, y también le enseñó a mis hijos y a mis nietos”, dice Capelle, quien ha sido presidente de la Universidad de las Islas Marshall, embajador en las Naciones Unidas y diácono en su parroquia.

Es difícil imaginar vivir en un lugar donde el suelo es sólo arena y coral, donde la única comida que la mayoría de la gente come es pescado y copra—la pulpa seca del coco—y donde incluso en la isla más grande, se ve mar por todos lados. Sin embargo, fue en estas circunstancias de aislamiento extremo que las Hermanas de Maryknoll aceptaron el reto de ir, literalmente, a los confines del mundo para llevar el mensaje del amor de Dios al pueblo.

Cuando el nuevo año escolar se inicie este año, será la primera vez en 60 años que las Hermanas de Maryknoll no estén enseñando y entrenando profesores en las Islas Marshall. Pero no es el fin de una misión, dice la Hermana Rose Patrick St. Aubin, es el pasar la posta de una misión. Para las Hermanas de Maryknoll eso es misión cumplida.

Lea más sobre las Hermanas de Maryknoll.

Para comunicarse con Revista Maryknoll This e-mail address is being protected from spambots. You need JavaScript enabled to view it

Ayuda a las Hermanas de Maryknoll en su labor.

© 2012 Padres y Hermanos de Maryknoll PO Box 304Maryknoll, NY 10545-0304(888) 627-9566Contactanos