Mayo/Junio 2012
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Para Maestros
Y al que llama, se le abrirá.
Hace unos años, discernía una nueva asignación misionera donde continuar mi vocación de Hermano de Maryknoll. Como tenía muchos años en África, visité dos de los sitios más importantes para Maryknoll allí: Mombasa en Kenya y Mwanza en Tanzania.
Por

Por Mark Gruenke, M.M.


El Hermamo de Maryknoll Mark Gruenke (con sombrero) con una Hermana y feligreses en la iglesia de Nyangana.

Hace unos años, discernía una nueva asignación misionera donde continuar mi vocación de Hermano de Maryknoll. Como tenía muchos años en África, visité dos de los sitios más importantes para Maryknoll allí: Mombasa en Kenya y Mwanza en Tanzania. En ambos lugares los misioneros me dieron la bienvenida. Hacían buen trabajo y sus ministerios eran necesarios. Estaba contento de servir en cualquiera de los dos sitios. Sin embargo, el superior regional me pidió visitar a nuestros misioneros en Namibia. Sin esperar mucho, fui.

Visité a los misioneros en Windhoek, la capital, y uno de ellos, el Padre Wayne Weinlader, me invitó a ir con él a Rundú, uno de los pueblos provinciales más grandes. Él iba a inspeccionar el comedor popular que iniciaba para niños huérfanos del SIDA. Llegamos a un punto de inspección policíaca que resultó ser la antigua línea de separación de la época del apartheid que dividía las haciendas de los blancos de las tierras tribales de los negros. Cuando cruzamos hacia las tierras tribales, algo dentro de mí me dijo que estaba "en casa".

Después de inspeccionar el comedor, Weinlader me llevó a una misión campesina a unas 60 millas de Rundú, donde un joven sacerdote, Charles Mikaya, trabajaba solo. Me impresionó que era un hombre con quien yo podría convivir y trabajar. Le expliqué el ministerio que yo realizaba en Mozambique, y él me aseguró que era precisamente lo que necesitaba su parroquia. Le pregunté si podía trabajar con él y me respondió, "Será muy bienvenido".

Durante todo el tiempo que discerní mi nueva asignación misionera, siempre pedí saber cuál era el ministerio al que Dios me llamaba; dónde era el lugar, y cuál era el pueblo que iba a servir. Me gustaba rezar tranquilo con Jesús. Le describía en mi diario las personas que conocía, los eventos que ocurrían y lo que estaba en mi corazón. Día tras día, esperaba su respuesta. Aunque sólo oía, "aquí no" o "ahorita no", no me inquietaba. Tenía la certeza que si confiaba, la respuesta positiva vendría.

Cuando el Padre Weinlader y yo cruzamos aquella línea del apartheid, escuché muy dentro de mí, “Es aquí, a esta región, adonde te llamo”. No fueron tanto palabras sino un sentir de que estaba en el lugar indicado, una experiencia de paz en lo más profundo de mi interior. Luego, cuando visité a Mikaya me di cuenta que era donde el Señor me quería plantar.

Creo que es así cómo ocurre el discernimiento a través de la oración. Es a través del discernimiento piadoso que el Espíritu nos habla y nos conduce a la misión. El Espíritu emplea a las personas y los hechos de la vida diaria para hablar con nosotros.

Aunque la búsqueda que les he compartido ocurrió hace más de tres años, mi oración ha permanecido igual. Pregunto al Señor, "¿Qué es lo que deseas de mí hoy? ¿Qué, dónde, cuándo, cómo y con quién?" Simplemente confío que en el silencio de mi corazón las respuestas llegarán.

Jesús nos asegura que si perseveramos en la oración, recibiremos lo que pedimos. Nos asegura que si confiamos, encontraremos la puerta. A través de la oración de discernimiento cuando pasamos por la puerta abierta es nuestro "Amén" a la respuesta que Jesús nos ha dado.


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