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Revista
Por Andrés Zamora, texto y fotos
El ángel cocinero Inmigrante colombiano recibe Medalla Presidencial al Ciudadano por su arduo trabajo voluntario Inmigrante colombiano recibe Medalla Presidencial al Ciudadano por su arduo trabajo voluntario
Para Muñoz, uno de los tres hispanos en recibir el galardón en 2010 y el único nacido fuera de Estados Unidos, el viaje a Washington representó una pausa en la tarea voluntaria que lo mantiene ocupado siete días de la semana, aparte de su trabajo como chofer de bus escolar. “Fue un orgullo patrio”, dice. Desde el año 2004, Muñoz, de 46 años y original de Colombia, se encarga de repartir raciones de comida a trabajadores pobres y gente de la calle. Cada día, pasadas las 8.00 p.m., Muñoz llega en su camioneta pick-up blanca a la esquina de Roosevelt Avenue y la calle 73 de Jackson Heights, Queens, New York, donde reparte entre 70 y 140 raciones de comida. Debido a su labor se ha ganado el apodo “El ángel de Queens” (www.anangelinqueens.org). Muñoz llegó a Estados Unidos en 1982, junto a su hermana Luz, traído por su madre Blanca Doris Zapata, quien había emigrado anteriormente para probar suerte. De Pereira, Colombia, donde vivió de niño, recuerda una anécdota que parece marcar el destino que posteriormente definiría su vida: “Un día estábamos almorzando y tocaron a la puerta de nuestra casa. Era un pordiosero pidiendo comida. Nosotros éramos una familia de clase Algo similar sucedió el día en que se encontraba estacionado en una calle de Long Island, mientras trabajaba como chofer para un campamento de verano, y esperaba la hora para regresar a recoger a los niños. Vio cómo los empleados de una compañía procesadora de alimentos para aviones sacaban cajas de comida para dejarlas en los basureros. La comida no estaba descompuesta, pero debido a la ley, después de haber pasado cierto tiempo desde su preparación, no es permitido volver a servirla. Muñoz lo vio como una oportunidad. “Se me vino a la cabeza la imagen de los países donde hay tanta hambre”, dice. Conversó con los empleados y establecieron un convenio para que le permitieran llevarse aquellos alimentos y entregarlos a quienes los necesitaran.
La cocina de su hogar en Queens, donde vive con su madre, su hermana y sobrino, es el centro de operaciones. En esta tarde de septiembre, Oliva Cortez y Gerardo Tosqui, amigos voluntarios, lo ayudan frente a los fogones. Muñoz comenta sobre las costillas que reposan encima de la estufa: “Quedaron buenas, muy buenas… pero las otras”, dice señalando otra bandeja, “están un poquito crudas”. Muñoz, corto de estatura, se mueve con una inquietud casi infantil entre las ollas llenas de lentejas y arroz blanco. Prueba aquí y allá, gira instrucciones. “Todos los días se cocina”, confía Cortez, quien lleva dos años trabajando junto a Muñoz. El equipo prepara, aproximadamente, 70 raciones de comida y el resto se completa con las donaciones. “Si algún día no alcanza, él (Muñoz) compra más comida. No puede dormir si queda alguien sin comer”. El desprendimiento y la inspiración vienen, según Muñoz, de su vida espiritual. “Tengo la firme creencia de que Dios me escogió para esta misión y la respalda”, comenta. Por ello la inversión de tiempo y dinero que ha hecho gana un significado especial: “Dios es la razón por la cual uno hace estos sacrificios”. Al comienzo, los fondos necesarios para el funcionamiento de su misión, 600 dólares a la semana en comida y gasolina, eran asumidos enteramente por Muñoz y su familia. La atención que ha recibido de los medios de comunicación en los últimos años (The New York Times hizo un Actualmente, cuenta con presupuesto para autosustentarse, sin embargo, los gestos de generosidad siguen siendo bienvenidos y, asegura, pueden venir hasta de los lugares menos esperados. Dos años atrás, Muñoz se topó con un grupo de jóvenes mexicanos que vivían en la calle a la espera de trabajo, hambrientos, sucios y sin ninguna clase de ayuda. “Me los traje a la casa para que comieran y se bañaran. Cuando estábamos viendo una película, me doy cuenta de que falta uno y escucho un ruido en la cocina. Cuando voy a ver encuentro a uno de los muchachos con una sonrisa en el rostro, abriendo y cerrando la nevera. ‘Disculpe’, me dijo, ‘lo que pasa es que tengo nueve meses que no veo una nevera llena de comida’”, relata Muñoz. Meses después volvió a ver al joven, llamado Gabriel. Estaba limpio y se veía encaminado. Había conseguido un trabajo estable. “Me saludó y, de repente, se sacó 20 dólares del bolsillo y me los dió. ‘Esto es para usted, para que siga alimentando a mis compañeros’, me dijo”. | |||||||
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