Revista
Un lugar verde
Después de casi 35 años de servicio misionero con los indígenas mapuche de Chile, el Padre de Maryknoll Paul Sykora inició una nueva etapa de su jornada misionera en la ciudad de Cochabamba, Bolivia, apoyando un proyecto de reciclaje y jardinería en el hogar.
Por David R. Aquije; Fotos de Sean Sprague
Cuando María Reneé Muñoz escribió su tesis para graduarse de la Universidad Católica de Cochabamba, pensó ponerla en acción ella misma para ayudar a resolver dos problemas que afectan a la ciudad boliviana donde vive: la alimentación y la basura. Cuando el Padre de Maryknoll Paul Sykora, quien recientemente había llegado a Cochabamba en una nueva etapa de su jornada misionera supo de la idea, puso manos a la obra y ayudó a Muñoz a hacerla realidad.
“El proyecto de reciclaje y jardinería en el hogar busca beneficiar a la gente de la zona sur de Cochabamba, una parte de la ciudad que todavía no está organizada y donde no hay servicio de recolección de basura”, dice Sykora. “En consecuencia, hay una necesidad de reciclar y compostar los desperdicios de la cocina los cuales muchas veces son tirados a la calle. Una motivación adicional es el desarrollo de pequeños jardines en el hogar para la producción de hierbas y alimentos”.
Sykora llegó a Bolivia en enero 2009 después de casi 35 años de servicio misionero con los indígenas mapuche de Chile. El misionero nacido en Wagner, Dakota del Sur, rentó una vivienda en las montañas andinas del valle de Cochabamba donde se han asentado migrantes de bajos recursos de otras partes de Bolivia. Su intención: conocer las necesidades del pueblo para servirlos en misión.
"Esto es lo que mejor hace Maryknoll, ir donde a nadie le gustaría ir y aceptar los retos que acepta la gente local”, explica el misionero ordenado sacerdote de Maryknoll en mayo de 1972 mientras describe la situación del vecindario. “Es una parroquia jesuita y hay misioneros de otros países. No hay un sacerdote diocesano en esta área. Hay problemas de violencia, falta de agua”.
Es julio en la ciudad de la llamada eterna primavera, pero desde la vivienda de Sykora no se percibe precisamente un ambiente primaveral. Una densa
nube de color terroso envuelve al valle; el clima seco parece endurecer las fosas nasales y las viviendas habitadas sin que su construcción haya terminado le añade un carácter de desolación al pueblo de pistas sin asfalto por donde sube con dificultad un ruidoso camión cisterna transportando agua.
Aunque por su fertilidad Cochabamba ha sido considerada “el granero” de Bolivia, los efectos del calentamiento global, explica Sykora, son evidentes en la escasez de nieve en la cordillera y la falta de lluvia en el valle. En la zona sur de Cochabamba, la escasez de agua es aguda. En algunos sectores, los camiones de agua sólo pasan por ahí una vez a la semana, lo que es otro reto para el proyecto de reciclaje y jardinería familiar.
“El agua es un tema muy difícil de tratar. Este barrio ya tiene 10 años sin agua, pero la municipalidad ha empezado las excavaciones para poner tuberías. Para este proyecto necesitamos agua, no tanta, pero es muy importante”, dice Muñoz. Ella había buscado el apoyo de escuelas y organizaciones ecológicas para realizar su trabajo hasta que encontró el apoyo de Sykora quien con donaciones de benefactores de Maryknoll en Estados Unidos hizo posible el inicio del proyecto. A ellos, se unió una misionera laica franciscana de Virginia, Estados Unidos, quien sirve en misión en Bolivia después de estudiar los cursos de español que ofrece el Centro Misionero de Maryknoll en Cochabamba.
El proyecto de reciclaje es simple. Consiste en reciclar llantas de vehículos para usarlas como contenedores para hacer el compost y como macetas para sembrar alimentos.
“Hemos empezado a trabajar con neumáticos porque nadie los usa, es desperdicio, no hay una institución que recoja y haga algo con ellos, les hemos dado una función”, explica Muñoz. “Están malgastados y tienen alambres, pero los cortamos, hacemos una tapa con una malla milimétrica para que no entren las moscas y bichos. Ponemos un poco de tierra y ponemos todos los desperdicios (orgánicos) de la cocina; los dejamos por tres semanas, aireamos la tierra”.
Al cabo de un par de meses, los deperdicios se han convertido en tierra fértil y los neumáticos que antes fueron usados como una compostera ahora sirven como una maceta para sembrar verduras y hortalizas.
“Uno de los resultados es este: una maceta, también de goma, donde ya estamos produciendo algunos alimentos”, demuestra Muñoz. “Todavía no hemos cosechado pero ya podemos ver los resultados. Aquí tenemos unos rábanos, un choclo y unas arvejas: hemos hecho una simbiósis”.
Muñoz y Sykora buscan disminuir el problema de la basura en un sector de la ciudad donde no existe un sistema de recolección y donde muy cerca existe un basurero informal donde se arrojan toneladas de desperdicios provenientes de la ciudad. Para la misionera laica franciscana Nora Pfeiffer el
proyecto es una manera de relacionarse con la naturaleza y hacer hogar.
“Me encanta la naturaleza y la relación de los seres humanos con la creación. Es una buena manera de hacer crecer las plantas y alimentarnos y conocer a nuestro hogar”.
El proyecto también ha captado el interés de escuelas locales y de grupos de boy scouts. “Hemos empezado a trabajar con niños que reciben apoyo después del colegio y estamos motivándolos con lo que es el compost”, dice Muñoz. “Tenemos una compostera en una de las escuelas y, cada dos semanas, vamos enseñando el proceso, a dar charlas y a motivarlos. (Los niños) también están viniendo acá, de hecho, ellos son los que empezaron con la pintura de las macetas. Hay un grupo de scouts que quieren arborizar esta área, crear espacios verdes y producir alimentos porque la gente de
acá trabaja para vivir al siguiente día, no tienen dinero”.
Un efecto secundario, añade Sykora, es que la gente que ha migrado del campo mantenga su vínculo con la tierra. También permite enseñarle algo a los niños que viven en el mundo del Internet, pero que encuentran en las plantas algo fascinante.
Sykora tiene grandes anhelos para el proyecto. “Hay un grupo de Misioneras de la Caridad de Calcuta buscando ayuda en jardinería para producir sus los alimentos para un hospicio que están construyendo”, dice. “Estamos recién empezando”.
Muñoz, por su parte, quiere que su tesis con la que obtendrá un título en Ingeniería Ambiental sea un elemento de cambio para el futuro. “Me gustaría que este lugar sea verde”.
Para más sobre los Padres y Hermanos de Maryknoll visite www.maryknollsociety.org