Cuentos Misioneros
Vuelve a rezar
Por David R. Aquije
Un rescatista hispano en ground zero: Vuelve a rezar
A medida que pasaban las horas después del ataque de las torres gemelas, las señales de los teléfonos celulares perdían fuerzas. Un equipo especializado de 15 hombres del escuadrón SWAT de Yonkers, una ciudad a unas 10 millas de la Ciudad de New York, logró el privilegio de ser considerado en las labores de rescate y se encontraba en “ground zero” dispuesto a salvar vidas.
Era el miércoles 12 de septiembre y el infierno de miles de toneladas de escombros en que se había convertido el World Trade Center seguía quemando. Del área de uno de los edificios destruidos salían apresurados y asustados rescatistas, bomberos y policías pues se temía que los escombros seguirían hundiéndose.
Las baterías de los teléfonos celulares estarían débiles y no tendrían alternativas bajo el peso refundido de tanto hierro y cemento. Se necesitaban 10 hombres para la tarea de alto riesgo: bajar en el edificio sepultado en la tierra una distancia aproximada de tres pisos y acercarse lo más humanamente posible a donde se presumía estarían unas escaleras autómaticas de una de las torres gemelas para instalar una antena telefónica que permita triangular posiciones de posibles sobrevivientes. Eran tres pisos más abajo del área que los rescatistas despejaban segundos antes por temor a un derrumbe.
Cinco integrantes del escuadrón eran solteros, y Piero Olcese, un policía hispano padre de tres niños, fue el sexto voluntario. Además de su pesado equipo de rescate Olcese, el policía de Yonkers nacido en Perú, cargaba una cuerda de 300 metros. “Ya tengo la cuerda amarrada al cuerpo y no hay tiempo que perder,” dijo. Sabía que existía la posibilidad que sus propios hijos se queden sin padre, pero en su pensamiento estaban otros niños: aquellos que estaban esperando en sus casas la llegada de sus padres, madres, hermanos o hermanas. Era lo correcto, lo que a Olcese le gustaría que hicieran por él.
Los 40 minutos de descenso fueron para Olcese y sus compañeros como bajar al infierno. La oscuridad era abrumante, el calor insoportable, el polvo desesperante, la comunicación entre los rescatistas era insostenible. Tenían que gritar más allá de sus máscaras de gas, entenderse por señas con una visibilidad casi nula. Todos estaban pálidos, asustados, el ruido más pequeño, el menor movimiento, los impulsaba a querer protegerse, tirarse debajo de un pedazo de escombro que ofreciera cierta protección. Llegaron lo más cerca que pudieron, pusieron la antena y su regreso a la superficie les pareció hacerlo en cinco minutos. La tarea fue cumplida, pero el trabajo continuaba.
En la superficie, el escuadrón se unió a los miles de rescatistas que balde a balde retiraban los despojos para buscar cadáveres y evidencias. El escuadrón de Olcese recuperó cuatro cuerpos y en el área donde él estaba aparecieron dos personas con vida. Pero las labores se detuvieron cuando los pitos de emergencia volvieron a sonar tres veces consecutivas indicando peligro. Los restos de una parte de un edificio a punto de colapsar amenazaban con sepultar vivos a los rescatistas. Todos salieron corriendo. En la casa de Olcese su esposa Angela no se despegaba del televisor. Cuando escuchó la noticia del posible derrumbe llamó angustiada al teniente del escuadrón de Olcese para alertarlos: “¡Salgan de ahí ahora!” Todas las esposas y familiares de los rescatistas habían hecho lo mismo.
Fuera del área de peligro el teniente del escuadrón le indicó a sus 15 valientes que era hora de retirarse. “Pero si recién es mediodía,” dijo Olcese cuando ya empezaba a oscurecer. El escuadrón SWAT de emergencia había trabajado casi 12 horas sin descanso y sin alimentos. Olcese había perdido la noción del tiempo y del cansancio contagiado del entusiasmo y el coraje de miles de rescatistas: había que buscar personas con vida.
No obstante, el policía hispano empezaba a darse cuenta de su agotamiento, y a cometer errores de seguridad que pudieron haber sido fatales para él mismo. No quería irse. Sentía como que no hubiese colaborado lo suficiente. Veía a otros miles de rescatistas trabajando incansablemente entre los escombros y él no quería ser el que se alejara. Pero el valor de su ayuda se había minimizado y necesitaba revitalizarse. Otros voluntarios tomarían su posta.
A medida que el camión que los llevaba de regreso salía de la zona restringida, la zona de la muerte, la zona santa por las vidas perdidas, o la zona de los héroes como ahora la llaman, Olcese levantó la vista y vio en las veredas a decenas de personas que empezaron a aplaudirlos, a darles las gracias, a bendecirlos. Levantó más la vista y vio que eran cuadras de cuadras, millas llenas de neoyorquinos con banderas y carteles alentando con dolor enternecedor a sus héroes, entregándoles agua y fruta cuando se detenía el vehículo. Un tremendo sentimiento, un nudo en la garganta se apoderó de Olcese. Se hechó a llorar. No era el único. El altamente entrenado escuadrón SWAT, integrado por los hombres más machos que ha conocido Olcese, demostró en sus lágrimas su mayor hombría, su lado humano.
Desde ese día Olcese ha llorado muchas veces pues nunca antes había experimentado ese sentimiento de desesperanza. Había participado en las labores de rescate después del terremoto en Guatemala, en peligrosas tareas con accidentes automovilísticos, se había sumergido en ríos furiosos en medio de huracanes en busca de vidas; pero nunca, dice, había tenido una experiencia tan abrumante como en la tragedia del World Trade Center. Nunca antes había llamado a su esposa para que saque a sus hijos de la escuela y compre alimentos para tres o cuatro días que él pensaba iba a pasar entre los escombros sin saber si regresaría a salvo.
Pero tuvo la suerte de hacerlo esa misma noche. Abrazó como nunca a Angela, su esposa, y a sus tres hijos. Durmió sólo lo suficiente para aplacar su cansancio. A las tres de la madrugada del jueves estaba alistando su equipo para regresar a “ground zero,” donde tres policías que Olcese personalmente conocía habían perdido la vida. Se aproximó a los escombros anhelando que lo vivido el día anterior fuera una pesadilla, pero la realidad era aún más terrible.
Volvió a remover en baldes los escombros, con el cuidado de no profanar lo que pudiera estar mezclado con restos humanos. La tarea era más agobiante. Olcese sentía que retiraba 10 metros de despojos, pero levantaba la vista y le quedaban 200 metros más y cinco pisos más. Miles de personas continuaban desaparecidas, sólo se habían rescatado un centenar de cuerpos completos, y otra cantidad sólo de partes humanas. Olcese encontró algunas. Entre ellas, en un dedo de una mano todavía puesto un anillo de matrimonio. Trataba esas pequeñas evidencias con mucho respeto pues pudieran darle a algunos la tranquilidad de enterrar a sus seres queridos y cerrar un capítulo doloroso de sus vidas. Para una familia, ocurrió el milagro que miles de familiares de desaparecidos quisieran que ocurra. El Journal News, periódico del Condado de Westchester donde Olcese radica, publicó en uno de sus titulares que el nombre grabado de una de las víctimas en un anillo de matrimonio sirvió para que la policía identifique a una de las víctimas del ataque terrorista. Olcese leyó la noticia y se confortó en el pensamiento que ése era el mismo anillo que él había encontrado.
Durante la búsqueda Olcese pensó muchas veces en Dios, rezó muchas veces y muchas veces dudó de su fe. ¿Cómo pueden suceder estas cosas? se preguntaba sin respuesta. El segundo día de rescate ante la magnitud de la tragedia y la impotencia de encontrar personas con vida Olcese dice que tuvo un “cansancio de fe.” La oscuridad de la noche volvía a llegar haciendo más pesado el desconsuelo. Pero al salir del área restringida, Olcese y sus compañeros encontraron entre las penumbras un edificio con las puertas abiertas en cuyo interior unas velas ofrecían una luz compasiva. Entraron a la iglesia y descansaron. Volvieron a rezar.
Nota: Este artículo apareció en la edición de enero 2002.
Leyendas:
Olcese y sus hijos Carlo y Angelo en casa. (Aquije/US)
Rescatistas en medio de toneladas de despojos en “ground zero”. (CNS)
Cientos de personas alentaron las labores de rescatistas. (Cynthia Nellis/U.S.)
Rescatistas detienen sus labores para orar por las víctimas del World Trade Center. (CNS)