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Cuentos Misioneros
Cuentos Misioneros, Noviembre-Diciembre 2011

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Cuentos Misioneros por Noviembre-Diciembre 2011

Aquí en Filipinas los sacerdotes activos en ministerio parroquial usualmente reciben un pequeño número de regalos en la Navidad. Esta Navidad pasada, puse mi media en el árbol de Navidad como siempre, pero no abrí los regalos inmediatamente. Unos días después, una pareja ya mayor de la parroquia me preguntó si había recibido su regalo. Les dije que sí, que estaba muy agradecido, pensando que era una caja de galletas, y les dije que estaban muy ricas. Los dos rieron y el esposo me preguntó sonriendo: “¿Usted come camisetas, Padre?”
Jerry Burr, M.M.

Una mañana temprano, fuimos a la Catedral para la Misa por el Día Internacional del sida Llenamos el camión con flores, banderas y materiales sobre nuestra organización para distribuirlos. Al llegar, comenzamos a prepararnos y nos dimos cuenta que habíamos traído las patas, pero olvidamos la mesa. En El Salvador, la ingenuidad es indispensable porque las cosas nunca salen como planeadas. Así que los que iban conmigo sacaron los materiales de una caja, la viraron y crearon una mesa perfecta para poner las cosas.
Debbie Northern, MKLM

Un día de Nochebuena, visitaba yo a una de nuestras Hermanas en el hospital. Esperando en el pasillo para entrar a la habitación, un señor chino se acercó y me dijo que necesitaba un testigo para la firma de un poder notarial para su mamá quien era paciente en el hospital. Estaba enojado porque le habían dicho que no podía utilizar a nadie del personal y no sabía a quién dirigirse. Me presenté y le dije que era un misionero de Maryknoll retirado que había servido en Taiwán por más de 45 años. Cuando mencioné Taiwán me miró asombrado y me dijo que él era también de Taiwán. Fuimos al cuarto de la mamá y le hablé a la señora en chino mandarín y le dije que estaba encantado de ayudarles. Me dieron las gracias repetidamente mientras se firmaban los documentos. Al salir de la habitación el hijo me dio las gracias de nuevo y me dijo: “Me siento en paz sabiendo que no fue un extraño quien firmó los papeles”.
Andrée Normandin, M.M.

Confieso que soy una mujer que se cae a menudo. Cuando era chica, mi papá me enseñó que mirara hacia dónde iba, y mi mamá que tuviera cuidado al caminar. Seguí esos consejos toda mi vida. Lamentablemente, cuando estaba en Guatemala fallé.
Un día, fui de compras con la Hermana Rae Ann O’Neill a un mercado en Malacatán que tiene pequeños puestos y caminos desnivelados. Caminaba yo con mucho cuidado, creía, pero me caí en un hueco en el pavimento, tremenda caída. “¡Rebotaste!” exclamó Rae Ann. Otro día, regresaba yo del mercado bajo un torrencial. Me paré en la alta y estrecha acera al otro lado de nuestra casa mirando hacia la izquierda esperando el momento oportuno de cruzar. Al bajar a la calle se me olvidó que la curva era casi un pie de altura y caí despatarrada. Recogí la sombrilla, las bolsas de compras, mi cartera y mi pobre dignidad y crucé hacia mi casa. Ya adentro, me di cuenta que no tenía mis lentes. Miré y los vi en la calle machacados, víctimas de mi torpeza. Pensé, ¡esta será la última vez que caigo! Pero no fue así, una vez, caminando hacia la puerta de la parroquia perdí el balance y caí 5 pies adentro de un hueco de concreto. Esta vez no reboté; me fracturé la pierna, el fémur. Ya camino bien y rezo a Dios que me ayude a no ser más una mujer caída.
Hermana Bernice Kita, M.M

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