Marzo/Abril 2012
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Buscando vida en abundancia
Es temporada de tifones y lluvia cae del denso cielo grisáceo sobre una hacienda en Tarlac, un pueblo agrícola a dos horas de Manila, capital de Filipinas. Doblados sobre sus pies hundidos en la tierra mojada un grupo de hombres y mujeres siembran velozmente plantas de arroz con sus manos. Parece que van tejiendo—sobre una tierra que les pertenece y no les pertenece—un candescente manto verde en lo que era un terreno lodoso.
Por David R. Aquije, fotos por Sean Sprague

A poca distancia, un grupo de familias con niños correteando descalzos se guarecen de la misma lluvia en una tienda de campaña hecha de palos y plásticos. Un hombre prende leña para la cocina, otro usa un machete para desaguar cocos y rallar la pulpa de la fruta, y las mujeres pelan los tallos de los vegetales de la comida que todos compartirán. Alrededor del campamento varias pancartas anuncian en el idioma nativo el clamor por justicia de los campesinos.

Hasta esa hacienda, envuelta en una larga disputa legal, llega la Hermana de Maryknoll Teresita Rellosa. La Hermana de baja estatura y sonrisa perenne desciende con cuidado del auto y los niños corren para darle la bienvenida con un abrazo.

"La gente aquí está luchando por su tierra", dice Rellosa, sonriendo, mientras explica escuetamente su ministerio. Más que una activista o una abogada de la causa campesina, ella parece estar más contenta visitando a las familias y compartiendo momentos con los niños. Tal es su opción por el pobre.

La Hacienda Luisita, una extensión de más de 6 mil hectáreas, ha tenido diferentes dueños en sus más de 200 años de historia, desde que colonizadores españoles se apropiaron de tierras nativas. En los años 1950, a través de un préstamo del gobierno, un familiar del entonces presidente de Filipinas compró la hacienda. A fines de los años 1980 una ley de reforma agraria estableció la distribución de las tierras entre los dueños y los agricultores, pero esto no sucedió. En el 2004, 12 campesinos y dos niños fueron asesinados durante una protesta campesina por su derecho a las tierras. Actualmente, aunque las tierras continúan en litigio, 500 hectáreas han sido vendidas a un banco; no obstante, unas 200 familias campesinas continúan arando esa misma tierra que consideran que les pertenece.

"Cultivan la tierra de manera colectiva y de manera colectiva luchan por sus derechos. Históricamente, estas tierras les pertenecen a los campesinos", dice Rodel Mesa, un vocero del sindicato de Luisita y de las 200 familias que reclaman solución a sus demandas. Además de protestar en Tarlac, otro grupo protesta en la capital frente a uno de los edificios del gobierno.

La Hermana Rellosa, quien oficialmente es una religiosa en retiro, explica cómo inició su último ministerio misionero. En el 2008, ella y otras cinco mujeres—en búsqueda de "sabiduría, verdad y justicia para el significado y propósito de nuestras vidas" en el contexto filipino— formaron el proyecto Suhay Kanayunan (Comunidad de Base).

"Nuestra visión común nos llevó a escoger a los campesinos como nuestro grupo de trabajo. Son los más pobres y el sector más oprimido de nuestra sociedad", señala Rellosa.

Los agricultores, pescadores y pueblos indígenas forman parte del 75 por ciento del total de la población filipina. Aunque las tierras en Filipinas son fértiles para la agricultura, uno de cada cuatro hogares filipinos pasa hambre, de acuerdo a reportes locales.

El principal problema de los campesinos es que carecen de tierras. Aquellos que rentan las tierras para el cultivo destinan de 40 a 90 por ciento de sus ganancias para el alquiler.

En la problemática del campesino, dice Rellosa, la misionera nacida en Filipinas, ella y las mujeres que fundaron Suhay Kanayunan reconocieron que estaban "continuando la misión de Jesús que es 'he venido para que tengan vida, y la tengan en abundancia'".

Esa búsqueda de vida en abundancia para los pobres llevó a Rellosa a escribir la propuesta para Suhay Kanayunan, un proyecto de desarrollo y expansión comunitaria, el cual fue subvencionado por las Hermanas de Maryknoll. El grupo compró un tractor e inició un programa para eliminar los intermediarios y vender los vegetales y el arroz cultivado por los campesinos en parroquias y organizaciones sin fines de lucro. El Obispo Auxiliar de Manila Broderick Pabillo también contribuyó fondos para las operaciones, y otra congregación de religiosas donó cuatro tractores manuales.

Suhay Kananyunan ofrece créditos cooperativos a los campesinos para que puedan comprar semillas y otros insumos para el cultivo. El programa cobra un pequeño interés que va a un fondo central que hace posible que el capital crezca para que hayan préstamos disponibles para otros campesinos. También ofrece talleres y asistencia tecnológica para mejorar la productividad, evitando el uso de químicos nocivos, buscando al mismo tiempo preservar la tierra y un balance ecológico. Pero además, Suhay Kananyunan busca crear conciencia y entendimiento sobre la problemática de la explotación y la injusticia en la economía rural, especialmente entre los consumidores urbanos de los productos agrícolas.

Pero la pequeña organización no puede autosostenerse y busca ayuda global para continuar su abogacía y empoderamiento del campesino rural. Una donación de $20 ayuda a comprar un saco de semillas para un campesino y $100 ayuda a enviar a un niño a la escuela por un año.

Es una gran iniciativa la que comenzaron la Hermana Rellosa y las cinco mujeres que iniciaron Suhay Kanayunan, pero la misionera de Maryknoll humildemente prefiere destacar los momentos que tienen otro tipo de significado para la lucha campesina. "Trajimos al obispo y celebró Misa aquí con los campesinos y bendijo los tractores", dice con alegría.

La Hermana relata su vida misionera con sencillez. Rellosa no sabía que tenía una vocación hasta que un sacerdote de Maryknoll le dijo, cuando ella tenía unos 20 años, que sería una buena Hermana de Maryknoll. El resto es una historia corta: sirvió la mayor parte de su vida en Filipinas en ministerios que van desde la educación, salud, programas de justicia y paz y apoyo a comunidades indígenas. Siempre con el mismo interés de servir a los más pobres y oprimidos.

En los campos de Tarlac, la Hermana Rellosa, disfruta el momento como quien hace una visita a la familia. "Ya no puedo unirme a ellos en las protestas", dice, como disculpándose por no tener una acción más visible en un problema que parece interminable e imposible de resolver. Pero su misión tiene otro sentido que va más allá de la acción visible en una manifestación popular. Ella está allí para compartir con los marginados y oprimidos vida en abundancia.

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